Perdidos en la niebla

11

Llevábamos más de cinco horas encerrados en el coche. La carretera cubierta con cuatro dedos de nieve. Nunca antes había visto ese paisaje en la región. La nevada nos pilló por sorpresa mientras subíamos a la sierra. Estábamos en medio de una excursión poco planificada. Tal y como mostraban los hechos, una pésima idea. Nos encontrábamos detenidos en medio de una tormenta. En la carretera, coches y camiones estaban atrapados sin poder avanzar ni retroceder. Dos horas atrás, la noche se había presentado ante nosotros. El frío apretaba con fuerza. Una densa capa de niebla rodeaba el vehículo. Si bien no atravesó los paredes del todoterreno, nos contagió la dulce ambigüedad de la que se compone su naturaleza. En el interior del coche, yo y mis cuatro amigos estábamos terriblemente asustados y lo que era mucho peor, profundamente confundidos, perdidos, abandonados en la nebulosa ambigüedad de nuestros pensamientos. Observábamos a través de las ventanas. Un par de ciervos nos miraban desde la distancia con ojos curiosos. Se reían de nuestra situación. Sentía la ventisca mezclada con copos afilados de aguanieve impactar contra las paredes del coche. Intentábamos ocultar el miedo. Para ello, permanecíamos en silencio, a pesar de que este suele ser un fiel aliado del temor. Ante toda ausencia de dialogo, cada mirada se convertía en una cuchilla que atravesaba el grueso calor. Cada uno de nuestros suspiros decía “estoy acojonado”. Una frase que no nos atrevíamos a expresar con palabras. La segunda vez que llamamos a protección civil nos mandaron a la mierda de buen rollo. Al parecer, no podían venir a rescatarnos. Teníamos que solucionar nosotros mismos el marrón ya que papa estado estaba demasiado ocupado con las cenas de Navidad y había escasez de personal. Debíamos bajar andando o esperar interminablemente hasta que la Guardia Civil consiguiese subir o hasta que las maquinas quitanieves dejasen las carreteras limpias. Empezaba a creerme las palabras que escuché al otro lado del teléfono. Curiosamente, esas palabras concordaban con ese discurso tan repetido últimamente: “Pues haberte quedado en tu casa” o “pues no haber subido con el coche a la sierra sin cadenas” o “pues no haberte puesto enfermo” o “pues no haber nacido”. Fragmentos de un discurso rancio pero que adquiere veracidad con el paso de los tiempos. Si algo nos sucediese, sería únicamente nuestra responsabilidad. Mi cabeza integraba la idea, la aceptaba, la entendía, la sentía y poco a poco la culpa aparecía. La decisión de subir al puerto sin pensar, sin razonar, sin prevenir, sin consultar las condiciones meteorológicas fue mía. La niebla, que hasta ese punto había habitado en mi cabeza, se empezaba a desvanecer. La claridad hacía acto de presencia. Una clarividencia similar a la que emite nuestro preciado sol, ese al que tanto añorábamos en ese preciso momento. Era por fin consciente de que yo era dueño y señor de mi destino, y que por lo tanto, yo era el único responsable de mi devenir. Necesitaba vaselina mental para tragarme esa idea, pero pasito a pasito, el concepto fue penetrando por el trasero de mi consciencia. Me negaba a calificar estas ideas como pura propaganda emitida a todo volumen en los medios generalistas. Me negaba a considerar que estas ideas estaban agrietando los cimientos de nuestro pacto social, ese que garantiza nuestros derechos como ciudadanos y mantiene el estado de bienestar. Me negaba a aceptar esta crítica ya que solo un rojo, o un comunista, o un perroflauta pensaría estas cosas y yo era, y siempre he sido un hombre decente, es decir, de centro. La realidad es que todos estamos ahí fuera, y aquí dentro, por nuestro propio pie, solos, abandonados, mirando por lo nuestro, atentos a agarrar el fajo, tratando de sobrevivir en esta eterna tormenta llamada vida en la que no elegimos estar, pero que debemos soportar sin rechistar. Somos los únicos culpables de nuestra situación. Cuando estemos abandonados, perdidos, hundidos, a punto de ser aniquilados, nos desgarraremos las entrañas sabiendo que todo fue por nuestra culpa, incluso haber sido arrastrados hasta este sitio, incluso vivir perdidos en la niebla, incluso haber nacido.

 

 

Arden Banderas

1

Sentada en un taburete, junto a la barra de un bar, había una bandera hecha de tela roja. Sus extremos se movían al viento que salía de un ventilador. Estaba amarrada a un palo de metal que le servia de apoyo. Triste y melancólica, la bandera daba tímidos tragos a su quinto de cerveza. Desde detrás de la barra, el camarero, un tipo corpulento con camisa de tirantes, masticaba las astillas de un palillo incrustado entre sus dientes. En el bar había una multitud de gente vestida con atuendos de color rojo. Camisetas, muñequeras, gorras. Miraban a la bandera roja con orgullo. Al otro lado del local, había hombres y mujeres con atuendos azules, que observaban con hostilidad lo que para ellos era un trapo andrajoso. Reinaba una calma tensa en el local. Una paz armada. Un pacto de no agresión que podía romperse en cualquier instante. Una mirada, una palabra de más, un gesto ambiguo que diese pie a la doble interpretación podía actuar como detonante. En un momento dado, una bandera de color azul irrumpió en el bar, sujetada a un palo de metal que le servia para caminar. Al verla, la gente de azul comenzó a aplaudir mientras sus vecinos de rojo la miraban con recelo. Cada bando consideraba a su bandera como el símbolo de un mismo país. La bandera azul se sentó en la barra, junto a la bandera roja y pidió una caña. Anonadado, el camarero le sirvió la cerveza espumosa en un vaso frío. Aquel gran hombre de estrecha mente no contemplaba la posibilidad de tener a esas dos banderas sentadas una junta a la otra, compartiendo el espacio sagrado de una barra.
Fresca y rica. Justo lo que necesitaba, dijo la bandera azul a la roja, mirándola de reojo.
Ha tenido usted suerte. A mi me han servido el líquido caliente. Sabe a meado de burra, contestó la bandera roja.
Hasta el gorro me tienen. Esta semana me han plantado en lo alto de un edificio y me han dejado allí día y noche. A la intemperie. Cuando veo a esos niños con sus ojitos esperanzados siento nauseas. Otros me miran con odio. Según quien me mire, soy un dios o un diablo. Me usan como a un saco de boxeo. Un puto dildo emocional. La bandera azul dialogaba mientras relamía la espuma de sus labios.
Ayer me tiraron huevos. Me insultaron. Me escupieron. Soy un cubo donde derramar la bilis. Por lo menos uno de esos tipos me ha invitado a una cerveza, dijo la bandera roja con resignación. Pero la bandera azul estaba ausente. No parecía escuchar las palabras de su nueva compañera de barra.
Tus seguidores son muy radicales. Unos niños me pisaron y un gordo intentó limpiarse el culo conmigo. La bandera roja seguía hablando con tristeza. Con el ceño fruncido y cierto desconcierto en su rostro, el camarero se acercó a la bandera azul.
¿Como es que está usted hablando con la bandera roja? Preguntó el camarero a la bandera azul, con voz llena de sospecha.
Este es un país libre. Puedo hablar con quien quiera, respondió la bandera azul.
Pero esta bandera es su antagonista. Además, es una bandera indigna. No nos representa. El camarero insistía en su argumento.
Si no le gusto, ¿porque permite la entrada a mis seguidores? preguntó la bandera roja. El camarero dudó un instante.
Aquí todo el que bebe es bienvenido. Además los clientes beben más cuando discuten sobre banderas. Y estoy seguro de que duermen mejor tapados en ellas. Y trabajan mejor cuando llevan la bandera estampada en su polo Ralph Lauren. Pero no es posible que ustedes dos hablen y se entiendan. Ustedes son símbolos. Deben dar ejemplo. El camarero levantaba la voz a cada palabra. Algunas gentes se acercaron a las banderas y al verlas tan juntitas, se quedaron estupefactos. Cuatro tipos se acercaron a ellas. Dos del grupo rojo y dos del grupo azul.
¿Que cojones estas haciendo? Dijo uno de ellos dirigiéndose a la bandera azul.
Hablamos y bebemos como hacen ustedes. Contestó ella. Todos en el bar se pusieron aún más cerca, rodeando a las banderas. La gente cuchicheaba. Se oían voces desde el fondo. El pacto por la paz parecía estar cerca de romperse.
Pero mama, ¿las banderas hablan? Un niño curioso preguntó a su madre.
No hijo. Estas no son banderas de verdad. Son banderas locas y traidoras a la patria. Contestó la madre, mientras agarraba la mano del niño con fuerza. Un tipo viejo que llevaba un parche en el ojo y un bastón se abrió hueco entre la multitud. Parecía un sabio hasta que abrió la boca. En vez de un sabio, era una pasa madura cuyo aliento apestaba a odio.
¿Como se les ocurre dialogar? Los símbolos son sagrados. No pueden traicionar a los suyos y cargarse todo lo que representan. Dijo la pasa. Su voz era tan agria como el significado de sus palabras. La bandera roja se levantó del taburete y miro a los asistentes.
Si los símbolos hablasen ¿que dirían? Todo el mundo, hombres y mujeres, de rojo y de azul, se miraron entre ellos en silencio. Una mujer cuyo pelo parecía un mocho utilizado para fregar un lavabo cuchicheaba con su compañero, un tipo con un pijama rojo. Dos niños con polos azules miraban a las banderas con sus pupilas impregnadas en rabia. La bandera azul se dio la vuelta y quedó de frente al público.
Dirían que quieren dejar de ser rehenes de sus siervos. Les invitarían a beber y dialogar en paz. Quizás así dejarían de ser siervos. Se escucharon voces contrariadas. La gente empezó a caminar en círculos. Algunos temblaban.
Nos han traicionado. Dijo un hombre después de levantarse de su silla. Una mujer gritaba pero no se entendían sus palabras.
A la hoguera con las banderas, gritaban otros con fuerza.
Son nuestros símbolos, no pueden ser quemados. Se escuchaba desde un lado.
Las banderas callan y ondean. Estas banderas no son las nuestras. Hay que quemarlas, dijo el viejo con forma de pasa. La muchedumbre se abalanzó sobre ellas y a la fuerza las arrastraron al exterior. Un hombre echó gasolina sobre sus cuerpos de tela y un niño las prendió con un mechero. No hubo dialogo. Ni comprensión. Solo un gesto unánime hacia la destrucción. En silencio, la multitud contemplaba como las llamas consumían sus banderas.

 

 

Una persona cualquiera de un pueblo cualquiera

111111

Has aparecido en mi vida y me has marcado. La casualidad te ha puesto en el camino accidentado que camino. Me has hecho sentir de nuevo. Me has hecho reír otra vez. Me has hecho darme cuenta de que vale la pena seguir caminando, a pesar de lo intransitable que resulte el camino. No me conoces lo suficiente, pero no suelo expresar estos discursos cursis a la ligera. Me gustas. Lo confirmo. Ayer por la noche compartimos algo más que un buen rato. Compartimos abrazos con el insomnio. Besos fríos con la soledad que nos esperaba en nuestras camas después de separarnos. Además, compartimos la insatisfacción de no conseguir lo que queríamos. No se lo que tardaste en dormirte. Yo dormí cerca del diazepam, del que casi hago uso. Esta mañana estaba triste. No solo por no verte conmigo. Al despertar, estaba desolado al ver el panorama de este país, o como se defina a esta cosa en la que vivimos. Mis ojos han albergado lágrimas. La rabia me ha recorrido la piel. He sentido asco de ser persona al ver lo que las personas se hacen las unas a las otras. Gente que se supone hermanada, mujeres y hombres de un mismo pueblo que dentro de poco dejaran de serlo. En vez de dialogo, hay muros hechos de insultos y porrazos. Los que se suponen hermanos, primas, padres, hijas, nietos, cuñadas, han visto truncadas sus razones para mantener los lazos. He visto a policías pegando a ancianos. En la televisión, políticos decían que nada sucedía. He visto a parlamentarios expresar que ya no hay marcha atrás. He visto a patriotas ondeando banderas. He visto águilas contra estrellas. He oído “a por ellos” y “votarem”. He visto el dolor en los cuerpos que recibían los golpes, aunque no he podido ver los ojos de los que apaleaban. Son rostros sin pupilas, son cuerpos sin almas, son máquinas que obedecen a la ruda voluntad de lo inevitable. Aunque pensando con razón y humanidad, lo que ha sucedido podría haberse evitado. Mi estomago ha fabricado una cantidad ingente de ese liquido ácido llamado bilis. Una mezcla de sentimientos enfrentados insoportable para cualquier barriga. Para combatir la tristeza, me he sentado a escribir y se me ha ocurrido una interesante analogía entre los sucesos de hoy y la realidad de anoche. Ayer por la noche, después de las copas, yo fui un ave rapaz deseosa e incapaz de entender tus palabras. Yo fui España. Un ente que impone y que no escucha la voluntad del otro. Tu eras Cataluña, perdida, sometida, dividida en tu respuesta. Dudosa entre un si y un no. Ayer, tu eras un pueblo que reclama su independencia, no para siempre, sino para decidir si quieres formar parte de mi vida. Yo, por le contrario, era un animal armado con un arsenal en forma de manos, abrazos y besos que pretendían reprimirte y hacer que tu débil voluntad virase hacia mi lecho. Sin embargo, después de una insensata reflexión, me he dado cuenta de que está analogía es infiel a los hechos. Sería injusto definir lo que sucedió anoche en esos términos. Por eso, se me ocurrido otra analogía, que quizás se acerque más a lo que sucedió. Ayer por la noche, tu fuiste España, un pueblo dividido por su identidad que se aferra con uñas y dientes a unas heridas del pasado, a una promesa incumplida, a una sangre enterrada en cunetas que riega un terreno desértico capaz de engendrar monstruos eternamente. Un país incapaz de mirar al futuro porque no se imagina un porvenir diferente. Yo, por el contrario, en mi trasnochada melodía, fui Cataluña, un país que no piensa, sino que siente la necesidad de ejecutar su destino sin quitar sus ojos del futuro, ignorando lo que queda atrás y lo que descansa a su lado. Un pueblo dispuesto a abandonar a sus vecinos por conseguir su utopia. Yo fui tu alternativa, una visión momentánea que expresa una nueva posibilidad, una nueva forma de vivir nuestras vidas. No obstante, pronto después de escribir esto, me he dado cuenta de que esta historia tampoco expresa lo que sucedió anoche. Ambas reflexiones son falsas y absurdas, pero a través de estas ficciones que me brinda la imaginación, he llegado a una sólida conclusión. Ayer por la noche, ni tu, ni yo, éramos España ni Cataluña. Del mismo modo, lo que he visto esta mañana no es ningún país, ni dos, ni tres, ni doscientos. Ayer por la noche vi en nosotros lo mismo que he visto esta mañana. Personas cualquiera de un pueblo cualquiera, amando, odiando, riendo, llorando, golpeando, recibiendo, soñando, deseando un mundo concreto y sufriendo al no alcanzarlo. Por suerte o por desgracia, en esto, todas las personas cualquiera de todos los pueblos cualquiera somos hermanos.

 

Alma Dopada

2

Mis pies estaban sobre una escalera mecánica que me arrastraba hacia abajo a toda velocidad. Algo arañaba mi espalda. Pensé que era una corriente de aire frío que se metía entre mi ropa. Dos segundos después, una serpiente salió de debajo de mi camisa y se alejó de mi. Al llegar a la planta baja, la fuerza de la escalera mecánica me empujó contra una pared. Tumbado en el suelo, pude ver que el techo de aquel lugar estaba compuesto de nubes rugosas. Aturdido, me levanté y observé a mi alrededor. Estaba en una sala que apestaba a hospital. Al fondo, había una barra de cemento. Caminé dando pasos firmes. El camarero me sirvió una copa de un licor espeso y rojizo. Sin examinar mis opciones, di un trago para saciar mi sed. Aquel mejunje sabia a sangre. Un olor extraño se incrustó en mis fosas nasales. Eran los sobacos de un hombre tirado sobre la barra. Su cabeza cubierta por una melena engominada estaba apoyada junto a un cenicero. Parecía abatido por el exceso de whisky. Pero no era el alcohol lo que pesaba en su cabeza, sino un puñado de sueños consumidos que se acumulaban en el cenicero. Como en un videojuego, apareció una nueva pantalla en la que había un rascacielos gigante. Algo se posaba en lo alto pero no podía identificarlo. El sonido estridente de mi alarma destruyó el surrealismo de la escena y me trajo de nuevo a la realidad. Me desperté y sabia que iba a hacerlo. Además sabia exactamente como hacerlo. Mi subconsciente había creado un plan en forma de imágenes. Arrastré mis pies hacia la ducha. Mientras el agua helada apaciguaba la temperatura de mi piel, pensé con frialdad en lo que me esperaba. En mi estudio, me senté a escribir. Antes de ello, medité con cierta calma. Aquella carta albergaría mis últimas palabras. Mis ojos se desplazaron hacia la ventana y al ver los edificios de enfrente, pensé en mis sueños de juventud. Saqué la cabeza por la ventana y sentí vértigo. Un vacío profundo mezclado pero no agitado con unas gotas de horror. Un gajo de resentimiento engalanada aquel cóctel interno. Se me quitaron las ganas de escribir. En vez de eso, contemplé las calles desde lo alto. El mundo a mis pies. De joven, había soñado con hacer de mi vida un rascacielos que pudiese verse desde todos los puntos de la ciudad. Lo había logrado. Desgraciadamente, en este instante ese edificio ardía en llamas. Un incendio retransmitido por todas las cadenas de televisión. Una demolición descontrolada con un país entero como testigo. Mientras contemplaba el hueco entre las fincas, pensé en probar el vacío. Quería vivir la experiencia de lanzar mi cuerpo al suave colchón de la nada. En vez de eso, cogí el coche y me fui hacia el sur, en dirección a la finca de caza situada en Cordoba. Conducía a toda velocidad y pensaba en mi familia. ¿Que pensarán de mi? Poco me importaba. Nunca fueron fieles a mi visión. No entendían que mis ansias no eran una opción, sino una necesidad. Nací viciado. Basé mi vida en la esperanza. Siempre fui un espécimen con alma dopada y medicada con un sinfín de impulsos y substancias. Les traje al mundo. Curé sus heridas. Pagué sus lujosos caprichos. Pero nunca fue suficiente. A partir del día siguiente, disfrutarían de mi fortuna sin mi. Toda mi vida ha sido una búsqueda inútil del amor hacia el resto. No obstante, nunca encontré indicios del mundo exterior. Los cuerpos ajenos siempre me resultaron simples sombras generadas por mi alargada figura. Por eso les sometí. Ellos y ellas existían gracias a mi. Nunca obligué a nadie a nada. Me acusaron de estar corrompido, cuando yo era un jugador que como el resto, situaba sus fichas en el tablero. Pero los buitres carroñeros se empeñaron en señalarme. Llegué a la finca y después de una copa, me eché a la cama. Desperté en el interior de un sueño. Observaba el punto negro en lo alto de un rascacielos. Logré identificarlo. Era un jabalí que posaba disecado como un trofeo. Sangraba a borbotones por su lomo agujereado. Me acordaba de esa fiera. La había cazado recientemente en la finca. La alarma del reloj destruyó el sueño. Me dirigí al sótano, cargué la escopeta y caminé hacia los limites de la finca. Pensaba en las cacerías realizadas en ese lugar. La sangre derramada. Las fieras ensangrentadas que posaban como símbolos de nuestra victoria. En ese instante, yo era un trofeo andante para los jueces. Como el jabalí del sueño, posaba cual ser momificado en las imágenes de los informativos. Una presa del sistema judicial. Un ser abatido por sus sueños que se aplilaban consumidos en un cenicero. No lo dudé. Lo había visto en mi sueño. Sabia como hacerlo. Cogí la escopeta, puse el cañón en mi pecho y cerré los ojos. Lo último que vi, fue mi figura en lo alto del rascacielos.

Pequeños Gigantes

88

Un cambio se aproximaba. El giro que transformaría mi vida. Intuía variaciones relevantes mientras balanceaba mi cuerpo sobre la mecedora. Saboreaba un cono helado en soledad.  El piso apestaba a tocino. Se acercaba el invierno y la vecina de abajo había comenzado a preparar sus sabrosos cocidos. Me levanté, cerré las ventanas y puse una varilla de incienso. Me senté de nuevo en la mecedora, mi rincón favorito del piso, y continué balanceándome hacia delante y hacia atrás mientras mi lengua jugueteaba con las gotas de nata derretida. Fijé mis ojos en la televisión. Como de costumbre, la caja emitía contenido tóxico destinado a contaminar a la audiencia. En un programa, unos periodistas se echaban los trastos a la cabeza. Se suponía un debate periodístico, pero el tono estaba más cerca al que se usa en las cenas de Navidad. Cambié de canal y apareció un reality show en el que jóvenes conflictivos gritaban a sus progenitores. Como protagonista de este capítulo, habían elegido a un mastodonte de ciento veinte quilos que lanzaba insultos a su madre mientras daba puñetazos a las paredes. Para apaciguar al monstruo, el programa contaba con la presencia del hermano mayor, un charlatán que sodomizaba a los chicos con chulería y desdén, poniéndose en todo momento a su mismo nivel de imbecilidad. Justo lo que la fiera necesitaba para crecerse y de esta forma generar espectáculo. La guinda del pastel era la aparición de un torero que traía sabias lecciones sobre la vida. Justo antes de que perdiese toda esperanza en la especie humana, sonó el timbre. ¿Quien podría ser? Al ser martes, pensé que seria Marla, la acompañante de pago que me visitaba dos veces por semana. Al abrir la puerta, me encontré a Fermín, el nuevo novio de la vecina de abajo. Llevaba puesto un delantal y entre sus dientes sostenía un cigarro apagado. –Perdón por las horas pero nos hemos quedado sin sal para el cocido. Le di una bolsa de sal y me pidió una cerveza. Le di la cerveza y preguntó si quería cenar con ellos. –Muy amable, pero estoy trabajando. Antes de que cerrase la puerta, Fermín me lanzo una mirada cargada de sospecha. –Te conozco. Has salido en la tele. Eres el que besó la mano del rey. Cerré la puerta en sus narices, regresé a mi mecedora y apagué la televisión. El reloj daba las once y mire a través de la ventana. La noche me esperaba con ansias. Quise llamar a mi cita para adelantar la hora pero tenía la firme sospecha de que mi teléfono estaba pinchado por el CNI. La policía me vigilaba de cerca. Mejor esperar y hablar en persona. Todavía faltaba una hora para la reunión. Decidí salir de casa y caminar hasta el bar. Las farolas alumbraban mis pasos con sonrisas luminosos. Durante el paseo, analicé mentalmente los distintos elementos de mi estrategia. Mi contrincante, un empresario de la noche, había contratado mis servicios. Los empresarios de la noche eran aves rapaces de vuelos altos. Linces de la manipulación. Pero a medida que escalaban, sus barrigas crecían y perdían facultades. Mi tarea favorita era demostrar que aquellos leones no eran más que simples gatitos. El tipo había picado todos los anzuelos. Estaba a mi merced. Lo tenía lamiendo las brechas de la palma de mi mano. Su ansiado éxito le había corrompido. Ahí estaba la clave del mío. ¿Qué temen los hombres de éxito? Perderlo. ¿Qué quiere un hombre de éxito? Otra dosis. Le había ofrecido un trato para seguir tragando caramelos. Un simulacro de dosis. Cuando llegué al restaurante, el tipo estaba sentado en una mesa del fondo. Vestía un traje azul sin corbata. Unas gafas gigantes cubrían su rostro. En una mesa cercana, había dos hombres de negro con gafas de sol. ¿Servicio de inteligencia? Debía andar con ojo. Me senté frente a él y nos dimos la mano. Se acercó una camarera. –Una Fanta de naranja, por favor. La noche exigía claridad. Nada de copas. Quizás al final de la velada para celebrar. Sin más preámbulos, expuse mis demandas. –Estoy dispuesto a ayudarle a cambio de una cantidad razonable. Aquél pánfilo saco una libreta y empezó a tomar notas mientras yo seguía a lo mío. –Tengo contactos que le pueden hacer ganar mucho dinero. ¿A caso no quiere usted ganar más dinero? La camarera trajo la Fanta y mojé mis labios. El tipo abrió su boca. –¿Sabe usted quién soy yo? Como no saberlo. Yo contesté con voz firme y clara. -Claro. Oiga, la cuestión no es quien es quien. La cuestión es que si no me abona mis honorarios, sus negocios podrían verse seriamente afectados. Hágame caso, al final le va a salir barato. Yo siempre ayudo a mis amigos. El tipo se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa. –Señor, yo no soy ningún empresario, soy su psiquiatra. ¿Está usted intentando extorsionar a su psiquiatra? Aquello me desconcertó. Giré mi cabeza hacia los hombres de negro. Estaban acompañados de dos mujeres de su misma edad. Compartían el tiempo entre copas. Parecían dos matrimonios que ahogan sus penas en el silencio. -¿Sabe usted  la pena a la que se expone? ¿Sabe usted lo que le puede suceder si no avanzamos con su tratamiento? No quería escucharle. Antes de marchar, el tipo me dio un papel. Una receta para comprar medicamentos. Después abandonó el local y me quedé solo en aquel rincón rodeado de una fría penumbra. –Regresaré. Algún día volveré a lo más alto. Solo necesito suerte. Continué hablando solo. Dialogué con el oxigeno. Hasta que las luces del local se apagaron.

The White Melanoma

1Blanco. Imagina el copo de nieve más blanco que hayas visto en tu vida. Ese color tan puro que imaginas es lo que veían mis ojos desde mi posición. Tumbada en la cama, miraba al techo de color blanco. Imposible encontrar una mancha. Ningún pigmento alteraba la perfección. Me había tumbado en la cama con el objetivo de vaciar mi cabeza. –¿Que mejor que mirar el blanco para tener la mente en blanco? Pensaba. Puse todo mi esfuerzo en mantener la mirada pegada al techo. Mi diafragma se dilataba mientras mis fosas nasales inhalaban oxigeno. Después, mi diafragma se contrajo a la vez que expulsaba por la boca el aire previamente inhalado. Un repentino pedo irrumpió. Salió disparado de mi firme trasero. Nada húmedo en mis bragas. No había mancha. Todo en orden. Los nervios me provocaban gases. La inseguridad úlceras y ansiedades. Pero en ese momento, nada podía arrancar mis pupilas de aquella superficie vertical. Mi mente se mantuvo en blanco durante cinco segundos hasta que PAM PAM PAM. Golpes en la puerta. Era Rosie. Mi asistente personal. Tres golpes significaba que faltaban exactamente quince minutos para salir al aire, o para saltar por los aires, o mejor aún, para dejar al hombre más poderoso de occidente con el culo al aire. Mis ojos se desviaron hacia la mesa. Estaba hecha de melamina blanca. Mi marido conocía los materiales que componían todos y cada uno de los muebles de la casa. Después observé mi piel bronceada. Largas sesiones de rayos trajeron consecuencias esperadas. El médico me dijo que mi piel tenia mucha melanina, razón por la cual yo siempre fui morena como una princesa del mediterráneo. -La mujer cubierta de melanina, observa la mesa de melamina blanca. Sucedía de nuevo. Mi mente juntaba ideas inconexas. A partir de ese punto, fue imposible mantener mi mente en blanco. Pensamientos rebeldes se aliaron contra mi paz cerebral. Un flujo de imágenes tumbaron la puerta de mi camarote mental. Los ejercicios de respiración fueron siempre útiles antes de un combate como el que me esperaba. Mindfulness, respiración diafragmatica y pedetes incoloros eran remedios caseros contra el malestar. Todas las entrevistas eran una batalla contra mi misma. Martha, la oponente, una periodista en busca de carnaza, había batido récords de audiencia con algunos de sus shows. –Esto va a ser un bombazo. Lo dije en voz alta para que las paredes me escucharan. Todos iban a ver a la esposa del presidente hablar en televisión. Debía ser fuerte. Mi mejor versión. No había lugar para el error. Ni siquiera cuando lo habíamos cometido. En ese caso, había que hacer virtud del fallo. Reafirmarlo no como un error nuestro, sino como un defecto del mundo por no aceptar nuestra naturaleza. Inspiré por mis fosas nasales. Esta vez no era oxigeno lo que necesitaba, sino rememorar el olor del fracaso. El hedor putrefacto de nuestros cuerpos enterrados bajo la tierra. La falta de oxigeno de aquellos agujeros. Las tumbas donde nuestros amigos nos enterraron después de que nuestros enemigos nos dejaran en cunetas. Algunos trajeron flores, pocos regaron la tierra, pero ninguno se atrevió a sacarnos de allí. Mi marido nos desenterró y nos trajo de nuevo a lo más alto. Solo él ha conseguido renacer infinitas veces. No era el más listo, ni el más guapo, ni el más ingenioso. Pero era distinto a la mayoría de engendros que caminan por el mundo. Era voluntad de poder. Y nunca permitiría que volviésemos a morder el polvo. Un nuevo fracaso seria una losa demasiado pesada para su ego. Me levanté de golpe y deje caer mis pies sobre el suelo. A punto estuve de caer de morros. Mis piernas estaban dormidas. Grumos de ansiedad colapsaban mis venas. Observé una vez más la mesa blanca. Sobre ella había un espejo redondo. Mi rostro arrugado podía verse en él. Me mire a los ojos buscando a mi vieja amiga: mi alma sincera. En ese momento se escucharon dos golpes en la puerta. PAM PAM. Me metí en la ducha de un salto. Rocíe mi cuerpo con agua helada. Salí disparada y me enrollé en una toalla. En un santiamén abrí la puerta para salir. Paula y Rosie estaban allí plantadas. Amplias sonrisas decoraban sus caras. Me senté frente a la mesa de melamina blanca y Paula me peinó a la vez que me secaba. Después me echó polvos mágicos por la cara. Me convirtió en mi mejor versión. –Señora, faltan cinco minutos para que comience la entrevista. Detestaba su voz edulcorada Rosie me odiaba. Era una ferviente creyente de la religión que profesaba mi marido. Vivía obsesionada con encontrar a dios, como si este pudiera esconderse. Su dios terrenal, le había lavado el cerebro al igual que a todos los mártires de su causa. –Maquillaje perfecto, vestido perfecto, mente perfecta. ¡Vamos Rafa! Salimos de allí y atravesamos el pasillo. Mi casa nunca lo fue. Fui incapaz de verla como mi hogar. Más bien era una cárcel lujosa de la que nadie en su sano juicio querría escapar. Un bunker de indiferencia. El salón había sido convertido en un plató improvisado. Había tres cámaras y cinco focos que desprendían luz blanca. Dos sillas descansaban en el centro. Martha estaba sentada en una de ellas, leyendo un papel. ¿Que es eso que llevaba en la cabeza? Parecía un gato disecado. Se puso de pie para estrecharme la mano, pero yo no podía dejar de pensar en aquella mata de moño postizo que cubría su cabeza.

Me encanta tu vestido y tu bronceado y tu sortija y tu peinado. Sus elogios pretendían hacerme bajar la guardia. Notaba mis niveles de estamina por las nubes. El miedo me acechaba. Temía que la claridad de aquellas luces atravesase la carne y revelase mi alma. Mire al costado. Una mujer flacucha se acercó a nosotras. Empezó a contar.

-Diez, nueve…

Me senté erguida, sacando pecho.

Tres, dos, uno… Estábamos en directo. Aquel monstruo con peluca comenzó a presentar su show. Las primeras preguntas fueron lo esperado. Quien eres, de donde vienes, a donde vas. Sin embargo pronto se salió del guión y me lanzó un aviso.

¿Como es la vida para una inmigrante joven y atractiva en una ciudad como Nueva York? No me molestó la pregunta. Solo la palabra inmigrante. Contesté con voz suave.

Llegué a este país con un visado y después conseguí la tarjeta green card. Soy una inmigrante legal. Siempre he cumplido la ley. Mi voz adquirió color, recuperé la confianza y seguí con mi exposición.

Antes de conocer a mi marido, la ciudad era difícil, pero sobrevivía haciendo lo que amaba. Tuve éxito como modelo. Soy fuerte. Hay que ser fuerte para sobrevivir en esta ciudad. No obstante, llegó un momento en el que me perdí en lo irrelevante de la hiperactividad cotidiana. Mi marido me rescató. Él representa el verdadero cambio en mi vida, del mismo modo que simboliza el verdadero cambio para América. Solté aire al finalizar. Lo había bordado. –Soy indestructible, susurraba mi voz mental.  –Veo que usted y su marido tienen cosas en común. Ambos se dan rayos. Lo dijo con una sonrisa manchada de cinismo.

El médico me dijo que tengo mucha melanoma.

-¿Melanoma? Cariño, el medico debió usar la palabra melanina. No podría imaginar a la mujer más poderosa del país, con un cáncer de piel. Soltó una carcajada amigable. Compartí las risas con ella. Sabia que la había cagado bien.

Así es, melanina. Perdón.

¿Sabe usted que Jesucristo nació en oriente medio? ¿Permitiría su marido la entrada de Jesús en Norte América?

-Jesus está muerto.

-Está vivo en nuestros corazones.

-Mi marido no defiende el odio. La gente no sabe lo que dice. Mi marido protege las libertades.

-Usted es mucho más fuerte que la mayoría de mujeres. Le admiro. Martha cruzo las piernas y yo contesté con una pregunta. Grave error.

¿A que se refiere?

A los abusos que usted ha sufrido. No pude verlo, pero se que sus palabras produjeron una mueca de disgusto en mi cara. Miré hacia Rosie, plantada a un lado de aquel plató improvisado, horrorizada.

Mi marido nunca me ha tocado. Nunca ha abusado de mi, ni de mi hijo.

-¿Está usted segura?

-No. Digo, sí. Claro que sí. No. Oiga, no hemos venido aquí a hablar de eso. Mi voz temblaba. El miedo me estremecía. Mire de nuevo a Rosie, esperando que interrumpiese el show. Ella hacia el típico gesto moviendo su mano que indicaba corta el rollo. No se si se refería a que dejase de hablar o a que me rajase el cuello. La segunda opción me resultaba más atractiva. Martha buscaba mis ojos con los suyos, pero yo esquivaba su mirada. Aquella mirada era un cuchillo capaz de clavarse en mis entrañas.

No pretendía ofenderle. ¿Está usted bien?

Estoy bien. Lo dije con convicción. Estaba exhausta, a punto de reventar, pero logré enviar toda mi energía a mis labios y sacar una sonrisa. De pronto, Martha se levantó de su silla y se quitó la peluca. Todo el mundo en el plató se quedo de piedra. América estaba en shock. No pude evitar mirarle la calva. Aquella superficie blanquecina me recordaba a mi mesa de melamina blanca.

Las mentiras me han podrido las células. Su rostro se obscureció. Aquel payaso triste estaba dispuesto a arrancarse el alma.

Soy mujer como usted. Inmigrante como usted. Y voy a morir como todos ustedes. No quiero seguir ocultando la agonía, ni esta calvicie producida por la enfermedad. Aquí no hay máscaras. Somos dos fieras y estas son nuestras caras. Quiero que todos escuchen lo que tengo que decir sobre él. Su marido. El hombre más poderoso del mundo. El hombre en el que una vez creí, por miedo, por vergüenza, por rencor. Le odio. Me odio a mi misma por haber sido como ellos. Él es un grito de socorro emitido por aquellos seres abandonados como perros por sus líderes. Pero los gritos no curan. Los gritos son llantos que advierten dolor. Hierro que antes fue duro, ahora se ha corroído y expulsa sentimientos tóxicos. Él es un melanoma blanco, rubio y corpulento que sino se detiene, se extenderá por la piel de la nación extinguiendo todo lo existente, desertizando la superficie y filtrando su veneno hasta las profundidades hasta corromper todos los rincones de nuestra conciencia. Una metástasis social, propia de una cultura enferma que se encamina hacia su autodestrucción… Martha rompió a llorar interrumpiendo su discurso. Sus lagrimas me contagiaron. Empecé a llorar. Sabia que estaba acabada. Mi cuerpo notaba la asfixia de la tumba en la que me iban a enterrar. Aún así, rezaba para que me tragase la tierra. Me mantuve allí, en directo, llorando como una niña indefensa, haciendo que los cimientos de toda mi vida, junto con los de toda una nación, saltasen por los aires. Abrí mi camarote mental y escuche mi voz. –La mujer cubierta de melanina, observa la calva hecha de melamina blanca, mientras espera la llegada del hombre que la salvó. El melanoma blanco.

Sangre azul

-Temblaban todas las partes de mi cuerpo. Ni la piel del frenillo se libraba. Los dedos de mis pies se movían como bailarinas endiabladas. Había pasado la noche acurrucado entre las sabanas. Si una madre me hubiese visto, le hubiese recordado a su niño enfermo que busca confort en la suavidad de la seda. En vez de confort, todo era tormento. Los nervios vencieron al sueño. Pensaba en el animal que me esperaba impaciente en el ruedo. A las doce del mediodía tenia una cita con Felix, un cabestro de quinientos quilos. Todo músculo. Piel dura como la madera de castaño. Cuernos afilados como lanzas. Faltaban exactamente dos horas para el ritual y yo deseaba que en el periodo intermedio se terminase el mundo. –A que mala hora me hice amigo de un torero, pensaba. Difícil de evitar para alguien en mis circunstancias. El sobrino del rey debía amar la fiesta nacional. La noche anterior visitamos al toro en el corral. Una nube de polvo rodeaba aquella piedra robusta con patas de acero. Fiero como un cerril, corría de parte a parte de su jaula, estampando su cabeza contra los muros a la vez que clavaba sus patas en la arena. Me recordaba al demonio de Tasmania. – Este es Felix, dijo mi amigo Gonzalo mientras sonreía orgulloso. Yo me acojoné vivo. Gonzalo era un joven y talentoso novillero. Quería implantar la innovación en el mundo de la tauromaquia. –Expandir nuestro target audience, crear engagement con los jóvenes en busca de experiencias extremas. Usaba un lenguaje típico de la universidad Europea, donde sus amigos estudiaban finanzas y marketing. Antes de saltar al ruedo, cubría su cara con una máscara al estilo Gladiator. En vez de espada, usaba un sable ninja. Combinaba el estilo de un bailarín con la garra de un boxeador. Estilo para esquivar envistes. Garra para atravesar lomos firmes con el metal. Yo por el contrario, era un simple maestro de la pose. Carecía de preparación para enfrentarme a la muerte. Lo tenia todo sin hacer nada. El destino me ofrecía la oportunidad de ganarme el respeto con sudor y sangre. No podía defraudar. Medirme con semejante bicharraco era la tarea más ardua de mi corta existencia. Tras conocer a la fiera, pasamos al interior del cortijo. Habían preparado una fiesta exclusiva con pocos invitados. Todos amigos de Gonzalo. Todos hombres. Todos castellanos. Todos seres dóciles y amaestrados. La discreción era esencial dadas las circunstancias. Nada de lo que allí sucedía debía exponerse al público. Más tarde, los sirvientes sacaron la cena. Filetes de ternera con patatas y ajos. Mientras masticaba la carne correosa, pensaba en la piel del toro y en sus jodidos cuernos. El padre de Gonzalo, me dio un consejo. –Ni se te ocurra salir huyendo. Mejor que te joda una cornada de frente. Que te rompa el pecho o que te arranque un huevo. Si le das la espalda, puede que te meta una de sus gordas pollas afiladas en el trasero. Antes un torero muerto que un torero con el culo abierto como un puto maricón, o como un presidiario desvalido al que destrozan el ano en las duchas de una cárcel. Mientras escuchaba las enseñanzas del maestro, masticaba con sarna un nervio. Gonzalo se adhirió al debate. –Algunos toreros han sentido el asta en el conducto renal. Lo mejor que te puede pasar es que lo disfrutes. Todos en la mesa rieron. En un momento dado, los sirvientes fueron substituidos por mujercitas con acentos extranjeros. Habían contratado una cohorte de putas de lujo. En una mano, portaban cocteles variados. En la otra, bandejas de plata con dosis de distintas drogas. A mi lado se sentó una mulata venezolana de pechos gigantes de nombre Silvia. Trajo dos copas y muchas razones para olvidar mis penas: cuerpo terso, labios gruesos, palabras sabias como las de una filosofa. De no haber sido por las circunstancias, le hubiese pedido matrimonio. Después de muchas copas, nos dirigimos a mi habitación. En el camino, Gonzalo me interceptó para recordarme la norma. –Un torero debe descansar la noche antes de saltar al ruedo. Puedes hacer de todo, menos consumar. Asentí resignando. Respetar el ritual era una estrategia para seducir a la suerte. Y yo sabia que en ese momento más que nunca, necesitaba a la suerte de mi lado. Llegamos a la habitación y me puse el pijama del Real Madrid. Silvia se sintió identificada con mis atuendos. En vez de consumar, consumimos champán y tiempo. –Siempre he pensado que los españoles sois personas de acción. Pero no estáis hechos para la reflexión. Lo único que importa es hacer, sin pensar en el resultado. No entendía nada de lo que decía. Me conformaba con contemplar su belleza. Ella continuó hablando de las penas que vivía en su Venezuela natal. Confesó haber sido escort de Hugo Chaves. También me contó que fue contratada por Aznar para envenenar a Pablo Iglesias. Pensé en llamar a Mariano y recomendarla para ministra de cultura, pero antes de marcar su número, reflexioné, una actitud poco común en mi. La cabeza me daba vueltas. No era el alcohol sino los nervios. Los mismos que a la mañana siguiente me escoltaron hasta la plaza. Gonzalo y su padre me ayudaron a vestirme. El traje de luces me apretaba los cojones. Entré en la plaza y me metí tras la barrera. Cerré los ojos intentando encontrar paz. Cuando los abrí, subí la mirada y observé las gradas. Todos los invitados de la noche anterior estaban allí sentados. Sus ojos eran banderillas que atravesaban los bordados de mi chaquetilla. Caminé hacia el centro del ruedo. El sol castigaba mi piel pálida. Cuando se abrió la puerta, apareció un cabestro marrón de finas patas. El engendro se tambaleaba como un perro callejero. No era Felix. Más bien su copia barata. Gonzalo sonreía desde la grada. Aquel trozo de carne podrida intentó correr, pero sus piernas se tropezaron con el pesado oxigeno y se estampó contra el suelo. Parecía drogado. Me acerque a él, cautelosamente. Agarré mi espada con fuerza y le asesté dos puñaladas. Solo entonces la bestia despertó de su letargo y me lanzó un embiste. Lo esquivé con maestría, y uno de sus cuernos rozo mi pierna. En ese instante me di cuenta de que sus cuernos estaban serrados. Todos en las gradas aplaudieron mi movimiento. El animal volvió a caer. Malherido, mareado, exhausto. Le miré fijamente y estaqué mi espada en su lomo con todas mis fuerzas. Noté la lámina de metal atravesando su piel hasta alcanzar sus entrañas. Después gire la espada y la extraje de su cuerpo. Miré el filo de la espada. Estaba manchada de sangre azulada. El animal chillaba como un cerdo. Me esforcé por sentir orgullo. Pero me salió una carcajada. Aquello era una farsa. Un partido más amañado que la Champions League. Yo era el Real Madrid y el toro el Melilla Union Deportiva con todos sus jugadores de resaca. Pensé en el animal. Un toro viejo y drogado, asesinado frente a un ruedo abarrotado. Pensé en el noble que sostenía un sable manchado de líquido azulado. Decidí dejar de pensar. Levanté la mirada buscando a dios. Creo que buscaba su perdón. Pero me di cuenta de que solo quería escuchar su voz. Lo único que encontré sin embargo, fue al sol golpeando mi cara.

 

La copa que viene después de la última

22

 

Otra vez en la habitación de un hotel. A solas con el tiempo. Contaba los segundos en la pesada aguja del reloj. Uno tras otro los golpes se sucedían interrumpiendo el silencio. Mis ojos vislumbraban aquella ciénaga cubierta de muebles ostentosos. Todos ellos vacíos menos el mini bar, por orden expresa. Es curioso, pero hasta esa noche nunca me había dado cuenta del frío que rodeaba a esos muchos hogares temporales en los que vivía. De reojo, miré al teléfono sobre la mesa. Algo me acechaba. No podría definir la forma de esa extraña presencia, pero tenia la sensación de que muchos de mis antiguos colegas bailarían jotas si me quitaba del medio. –Cuando muera, los buitres tendrán barra libre para fumarse las chustas que dejé. Dialogaba con el silencio. Todos sabían que yo jamas osaría arrancarme la vida. De ahí mis sospechas a cerca de un peligro externo. Esa noche aún no era consciente de que existía una amenaza más peligrosa que cualquier sicario en busca de un buen fajo: yo, a solas con el tiempo. Mis ojos viraron hacia los amplios ventanales. Las persianas llevaban días y noches entreabiertas. Algo de luz se asomaba entre ellas, pero no podía distinguir si era el sol o las luces de las farolas. En mi ciudad, la mes bonica del mon, las noches eran tan claras como los días. El alumbrado público competía con el sol. Los halos de luz atravesando la ventana trajeron recuerdos sobre mis años de bonanza. Tiempos de admiración, en los que mis servicios eran recibidos con aplausos. La época en la que hice de mi vida un espectáculo dividido en fascículos que se extendían entre las masas convirtiéndose en fenómenos virales. Durante mis años de alcaldesa, actúe conforme a mi idea de bien. Mis enemigos no se explicaban mis victorias. Mis fans por el contrario, veían en mi descaro un signo de cercanía, una marca personal inseparable de mi magnifica gestión. A la gente le gusta estar cerca de sus líderes, a pesar de que era en las cortas distancias donde podía detectarse mi aliento olor a futura resaca. Esfuerzo me costó construir mi carisma, crear al personaje, hecho a mi propia desmedida. ¿A caso no es eso lo que atrae a las personas? Siempre presté mucha atención a mis críticos. Algunos dijeron que mi vulgar despecho fue el truco para conquistar el corazón de los ciudadanos. No hacen falta tanques para someter a un pueblo, solo un pésimo humor combinado con amor de plástico. Pero esa noche me invadía una extraña sensación. Mezcla entre pena y arrepentimiento. Serian las pastillas anti depresión que me estaban subiendo. Desde que salí del negocio de la política y entre en el negocio del auto-análisis, mi vida había estado en quiebra emocional. –¿Que cojones son estos pensamientos? Pregunté de nuevo al silencio. Durante los últimos meses, el ambiente se prestaba a la confusión. No me molestaba ya que la incertidumbre siempre fue mi plato preferido. Eso y la paella de marisco. Siempre que llegaba a la habitación de algún hotel, me ponía una copa y me sentaba a divagar. Había intentado plasmar mis memorias, pero me faltaba paciencia para escribir. En vez de eso, bebía, algo para lo que siempre tuve paciencia. Esa noche daba tragos a mi tercera copa de whisky. Al conducir el vaso hacia mi boca, noté que los hielos golpeaban el cristal. El recipiente estaba vacío. La ultima copa era la más difícil de beber porque nunca llegaba. Siempre venia otra después, más dulce, más noble, más mejor. Así pues, eché liquido en mi copa. Otra dosis de felicidad ácida. El teléfono comenzó a sonar. Contesté a la llamada. -¿Si? ¿Quien es? Pregunté confundida. Una voz susurró algo, pero no pude interpretar el mensaje. La linea se cortó. La confusión me invadió. Incapaz de nada, di otro trago a mi copa, otro trago a otra última copa. Después brinde con la claridad con el objetivo de recordar las palabras de aquella voz. Pero la claridad no se prestaba a ningún brindis. El trago me llevó a la memoria de un trato. Un pacto inconsciente que pensaba cumplir hasta el final. En realidad, todas las personas hacen un pacto consigo mismas. Este define quienes son y las condiciones de su vida. Muy pocos destruyen el pacto. Solo aquellos que atrapados en un bucle, deciden cambiar de dirección. La mayoría lo mantienen con la esperanza de que traerá los frutos deseados. El pacto decía que yo había venido al mundo para hacer grandes obras. El pacto exigía mantener el pacto y creer con firmeza en mi verdad hasta la muerte. Ahora más que nunca estaba sola y creía en ese pacto. Había pasado de invencible a invisible en un plisplas. Mis antiguos escuderos se refugiaban en sus casas. Pero no tenia miedo. Temer a lo inevitable es un error. Me levanté de la silla y comencé a recitar mi nuevo discurso con la esperanza de regresar a mi hábitat natural. Mientras decía lo que hacer debía, bebía. Trago tras otro, notando el caloret del verano acariciando mi espalda. Saqué mi vestido rojo, el de las ocasiones especiales. Lo incrusté en mi cuerpo. Las costuras se tensaron. Había ganado peso. En mi bacanal remember, me puse otra copa. Comencé a pensar en mis planes de futuro: primero, crear un puesto de sensibilización ciudadana para políticos corruptos. Si la gente es sensible con los drogadictos, también debe comprender que nosotros tenemos nuestro corazoncito. Continué con mi discurso con la intención de convertir al silencio en otro de mis votantes. –¿Qué es eso de que los jóvenes se marchen fuera? En nuestro país, los viejos se marchan al cielo mientras los jóvenes se van al extranjero pensando que tocaran el cielo, pero volverán a besar esta tierra para asumir que solo irán al cielo después de viejos. Poesía nacía de mis labios. Mis tobillos se resentían y me deje caer sobre la cama. Cerré los ojos. Nada pensaba, nada sentía, nada era. De repente, recordé el mensaje telefónico. Intenté borrarlo, pero el miedo me agarraba con fuerza. Intenté respirar, pero mis fosas nasales estaban atascadas. Unas garras invisibles se clavaban en mi espalda. Intenté gritar, pero mi voz se apagaba al igual que las luces que penetraban a través de las ventanas. En mi angustia, recordé por última vez las palabras que susurró aquella voz al otro lado del teléfono. –Esta noche vengo a llevarte.